Tras el golpe militar de julio de 1936 que desencadenaría la Guerra Civil, numerosas iglesias y edificios religiosos serían atacados por grupos de incontrolados. Algunos sería incendiados y destruidos, como fue el caso de la Catedral de San Isidro en la calle Toledo que vemos en esta imagen tomada el día 19 o 20 de julio de 1936. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).
SAN ISIDRO: JULIO DE 1936 (I)
Por Inés Tremis y Florentino Areneros
El domingo 19 de julio de 1936 el caos se apoderaba de Madrid. La ciudad es un hervidero de gente y la confusión es absoluta. Las noticias y los rumores se entremezclan y transforman constantemente, generando en ocasiones combinaciones explosivas. Son muy pocos, por no decir ninguno, quienes saben lo que realmente está sucediendo, nadie controla la situación. Lo único claro es que ha habido un golpe militar que ha tenido éxito en algunas zonas de España, en Madrid varios cuarteles con sus dotaciones se han unido a los golpistas, desde el norte fuerzas al mando del general Mola se dirigen hacia la capital. El gobierno (sería más acertado decir los gobiernos ya que se han sucedido varios en pocas horas) desbordado por los acontecimientos se ve incapaz de controlar la situación con los pocos medios de que dispone y decide finalmente repartir armas entre la población. Muchos civiles se preparan para la lucha y comienzan a organizarse. Las fuerzas del orden y militares que permanecen leales al gobierno son destinados en su mayoría a neutralizar y enfrentarse a los sublevados, mientras que grupos de civiles armados toman el control de las calles. En medio de tanta confusión, muchos comienzan a aplicar su “justicia”. La tensión, el odio y la rabia, acumulados durante tanto tiempo se desbordan, noticias y rumores que llegan de todos los lados avivan todavía más estos sentimientos. La Iglesia, a la que muchos sitúan al lado de los golpistas, será uno de los principales objetivos de estos grupos de incontrolados. Muchos templos y edificios propiedad de la Iglesia serán destruidos en ese día, entre ellos la catedral de San Isidro en la calle Toledo que será devorada por las llamas. Reconstruido tras la guerra, en el templo todavía podemos contemplar algunas curiosidades relacionadas con aquellos días que recordaremos en esta crónica, como la presencia de un escudo de la familia real británica que preside una de las capillas, o la milagrosa aparición del cuerpo incorrupto del Santo que no fue afectado por las llamas.
La Iglesia española no gozaba de muchas simpatías en amplios sectores sociales. Acusada de apoyar y promover la sublevación militar de 1936, tanto la institución como sus miembros serían perseguidos tras producirse el golpe. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).
Durante el Siglo XIX van a ser muchas las voces que señalen a la Iglesia española como uno de los estamentos responsables del inmovilismo y atraso secular que sufre España. Desde el regreso de Fernando VII hasta final del siglo, la Iglesia ejerce un gran protagonismo en los ámbitos político, económico y social. Durante este periodo muchos políticos, pensadores, artistas, etc... van a acusar al estamento eclesiástico de apoyar, cuando no dirigir desde la sombra, a las opciones políticas más conservadoras, oponiéndose a la vez a todo lo que pueda suponer cualquier cambio o evolución. Este posicionamiento al lado de una oligarquía en el poder, ajena a los cambios que se están produciendo en el resto de Europa, va a granjear a la Iglesia la animadversión de gran parte de la sociedad española, incluyendo a las clases más pobres y desfavorecidas, que ven como la Iglesia apuntala un sistema que les condena a la pobreza.
En esta situación tanto la Iglesia como los sacerdotes van a ser objetivo de las iras populares en diferentes momentos a lo largo del siglo. En una crónica de Sol y Moscas titulada “la matanza de frailes” ya narramos un trágico episodio ocurrido también en el mes de julio, concretamente el día 17 pero de 1834, y casualmente también en la catedral de San Isidro, donde varios frailes serían asesinados tras ser asaltado el templo por una enfurecida riada humana (haga clic sobre este texto para ir a la crónica).
Prácticamente un siglo antes, en julio de 1834, la iglesia de San Isidro también sería atacada violentamente por grupos de incontrolados que asesinarían a varios curas. Tras declararse una epidemia de cólera en la ciudad, los frailes serían acusados de haber envenenado las aguas, episodio que ya tratamos en una crónica de Sol Y Moscas (haga clic sobre este texto para ir a la crónica). (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).
En el Siglo XX la situación permanece prácticamente igual, y la Iglesia continúa ejerciendo una enorme influencia a todos los niveles. Los nuevos movimientos sociales y los diferentes grupos que piden una regeneración del país, siguen señalando a la Iglesia como un estamento opuesto a los cambios que persiguen, la brecha entre ellos y el estamento religioso sigue creciendo. Así, a pocos días de proclamarse la II República en mayo de 1931, una serie de disturbios en Madrid desembocan en el incendio de varios edificios religiosos, episodio al que dedicamos una crónica de título “la quema de conventos” (haga clic sobre este texto para ir a la crónica). Desde ese momento la hostilidad hacia Iglesia por parte de diferentes colectivos será una constante hasta el golpe militar de julio de 1936 que provocaría la Guerra Civil. A partir de ese momento se va a desencadenar una violenta persecución religiosa. Muchos templos y edificios religiosos serían destruidos durante la contienda, incluyendo en la mayoría de los casos el rico patrimonio cultural y artístico que en ellos se atesoraba, pero sin ninguna duda la principal e injustificable pérdida fue la muerte violenta de miles de religiosos, un eslabón más en la cadena de brutalidades que se sucedieron en ambas retaguardias durante toda la guerra, que tendrían continuidad una vez finalizada la contienda con la no menos injustificable muerte de miles de personas del bando derrotado. Una trágica enseñanza, que después de tanto tiempo transcurrido debería invitar a una serena reflexión.
Pero volvamos al 19 de Julio de 1936. Como comentábamos en la introducción de esta crónica la situación era caótica en las calles de la ciudad de Madrid, grupos de incontrolados comenzaban a hacerse dueños de las calles. Seguramente una de los mejores libros escritos sobre la Guerra Civil sea “La Llama” de Arturo Barea, tercera parte de la trilogía publicada bajo el título “La forja de un rebelde”. En esta obra indispensable, Barea nos relata sus propias vivencias durante aquellos momentos, un testimonio en primera persona de indudable interés. Veamos algo de lo que nos relata Barea sobre lo sucedido aquel domingo de julio.
En la fotografía superior vemos la calle Toledo esquina a la de Segovia en la tarde del 19 o el 20 de julio de 1936. Distinguimos la zapatería “Calzados Lobo”, fundada en 1897, todavía se mantiene en el mismo lugar. En la imagen inferior vemos la misma esquina en la actualidad. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura y Foto JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).
«Las calles alrededor de Antón Martín estaban abarrotadas de gente y llenas de un humo denso y agrio. Olía por todas partes a madera quemada y a metal caliente. La iglesia de San Nicolás estaba ardiendo. Vi los ventanales de la cúpula saltar explosivos, y chorros de plomo incandescente deslizarse por el tejado. La media naranja era una bola gigantesca de fuego furioso, crujiendo y retorciéndose bajo las llamas. Por un instante, el incendio pareció extinguirse y la enorme cúpula se abrió con una grieta roja.
Las gentes se dispersaron gritando:
-¡Se hunde!
Se hundió la cúpula con un chasquido y un golpazo sordo, tragada por las paredes exteriores de la iglesia. De dentro brincó a lo alto una masa silbante de polvo, cenizas, humo y chispas. De pronto, entre esta nube de cataclismo, surgió la figura de un bombero en lo alto de una escala que se balanceaba en el aire, perdido el apoyo de la cúpula; el hombre, en lo alto, seguía dirigiendo el chorro de agua de su manga sobre los puestos del mercado de la calle de Santa Isabel y las paredes del cinema a espaldas de la iglesia. Era como si Arlequín se hubiera quedado de repente solo en la escena, ridículo y desnudo. Las gentes aplaudían, no sé si al derrumbamiento de la cúpula o a la figurilla grotesca allá en lo alto. El fuego seguía rugiendo sordamente dentro de las paredes de piedra.
Entré en la taberna de Serafín. Toda la familia estaba agrupada en la trastienda, la madre y una de las hermanas completamente histéricas, y la taberna estaba llena de gente. Serafín corría de los clientes a su madre y hermana y de éstas a aquellos, tratando de atender a todos, su cara redonda empapada de sudor, dando, atontado, tropezones a cada paso.
En la imagen vemos la iglesia de San Andrés destruida por un incendio provocado tras ser asaltado el templo por grupos de incontrolados. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).
-¡Arturo, Arturo! ¡Esto es terrible! ¿Qué va a pasar aquí? Han quemado San Nicolás y todas las otras iglesias de Madrid: San Cayetano, San Lorenzo, San Andrés, la escuela Pía...
-¡Bah! No te apures -interrumpió un parroquiano con pistola a la cintura y un pañuelo rojo y negro liado al cuello-. Sobran tantas cucarachas.
El nombre de la escuela Pía me había impresionado: mi vieja escuela estaba ardiendo. Me fui rápidamente, calle del Ave María abajo, y me encontré a Aurelia y los chicos en la calle, mezclados con los vecinos. Me recibieron a gritos:
-¿Dónde has estado?
-Trabajando todo el día. ¿Qué es lo que pasa aquí?
Veinte vecinos comenzaron a la vez a darme explicaciones: los fascistas habían disparado sobre las gentes desde las torres de las iglesias y las gentes las habían asaltado. Todo estaba ardiendo...
El barrio entero olía a quemado y caía una lluvia finísima de cenizas. Quería verlo yo mismo.
Fotografía de la calle Embajadores en la tarde del 19 de julio de 1936. Al fondo distinguimos la cúpula de la iglesia de San Cayetano y una columna de humo provocada por el incendio del templo. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada). La iglesia de San Cayetano era una masa de llamas. Cientos de personas vecinas de las casas adyacentes habían sacado a la calle sus muebles y los habían amontonado lejos del incendio que amenazaba sus hogares. Guardaban sus propiedades y contemplaban silenciosas el incendio. Una de las torres gemelas comenzó a oscilar. La multitud gritó: si la torre caía sobre sus casas, sería el fin. El bloque de piedra y ladrillo se estrelló en mitad de la calle.
Enfrente de la iglesia de San Lorenzo, una multitud frenética aullaba y danzaba casi en las mismas llamas.
La escuela Pía estaba ardiendo por dentro. Parecía como si hubiera sido sacudida por un terremoto. La larga fachada de la calle del Sombrerete, con sus cien ventanas correspondientes a las clases y a las celdas de los padres, estaba lamida por las lenguas de fuego que surgían a través de las rejas. La fachada principal estaba derruida, una de las torres caída, el atrio de la iglesia demolido. Por una puertecilla lateral -la entrada de los chicos pobres- bomberos y milicianos entraban y salían sin cesar. El resplandor del fuego interno en el enorme edificio brillaba a través de cada orificio.»
Las Escuelas Pías de San Fernando del barrio de Lavapiés, serían atacadas e incendiadas el 19 de julio de 1936. Tanto la iglesia como el colegio serían destruidos completamente. Sobre sus ruinas se construiría la sede de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. En los restos que se conservan todavía se pueden apreciar las huella de aquel incendio. El reloj se paró a la una menos diez. Foto JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).
Las Escuelas Pías de San Fernando se ubicaban en el barrio de Lavapiés, entre las calles Sombrerete, Mesón de Paredes, Tribulete y Embajadores, en la actualidad se han recuperado las ruinas de aquel edificio destruido el 19 de julio de 1936 para construir sobre ellas la sede de la Universidad de Educación a Distancia. Arturo Barea había sido alumno de aquel centenario colegio, de ahí la importancia que le otorga en su relato. Retomamos el texto mientras habla con una mujer que le relata lo ocurrido:
«...Los escolapios, ¿sabe usted?, eran buena gente, y ya le digo que no me gustan las sotanas, pero fueron y se juntaron a una de esas asociaciones de las escuelas católicas, algo que lo llamaban así, que todo estaba manejado por los jesuitas. Usted se acordará cómo era cuando el padre prefecto venía a la plaza de Lavapiés y nos daba perras y hasta mi madre iba y le besaba la mano. Pero todo esto se acabó cuando vinieron los jesuitas. ¡Empezaron eso que llaman la adoración de Dios! Se ponían a hacer la instrucción en el patio con fusiles, que todos los veíamos desde los balcones. Y luego, aunque no lo crea, esta mañana empezaron con una ametralladora en la torre esa que han tirado, y se oía en todo el barrio.
-¿Y han herido a alguien? -pregunté.
-A cuatro o cinco aquí en Mesón de Paredes y en la calle de Embajadores. Uno se quedó muerto en la acera y a los otros se los llevaron en seguida.
Me fui a casa profundamente emocionado. Sentía un peso en la boca del estómago como si quisiera llorar sin poder. Surgían visiones de mi infancia y tenía la sensación de sentir y de oler cosas que había querido y cosas que había odiado. Me senté en el balcón de casa sin ver la gente que pasaba por la calle o que se enracimaba en grupos, hablando a gritos. Traté de aclarar el conflicto dentro de mí. Me era imposible aplaudir la violencia. Estaba convencido de que la Iglesia en España era un daño que había que corregir, pero a la vez me rebelaba contra esta destrucción estúpida. ¿Qué habría ocurrido a la biblioteca del colegio con sus viejos libros iluminados, con sus manuscritos únicos? ¿Qué habría ocurrido a las salas de física y de historia natural, tan espléndidas, tan escasas en España? ¡Y toda la riqueza destruida en material de enseñanza! ¿Era posible que estos curas y estos señoritos de la Falange hubieran sido realmente tan estúpidos como para creer que el colegio iba a ser una fortaleza contra un pueblo enfurecido?
Había visto demasiado de sus preparaciones para no creer que habían usado las iglesias y los conventos como almacenes de guerra. Pero a pesar de ello, odiaba la destrucción, tanto como odiaba a los que habían llevado al pueblo a ella. Por un momento pensé dónde estaría el padre Ayala y si le satisfacía el resultado de su silencioso trabajo.
¿Qué hubiera ocurrido si nuestro antiguo padre prefecto hubiera abierto de par en par las puertas de la iglesia y del colegio y se hubiera quedado él allí, bajo el dintel, frente a frente al populacho, erguido, con su cabeza alta, con sus cabellos de plata azotados al viento? ¡Oh!, no le hubieran atacado, estaba seguro.
Más tarde aprendí que esta ilusión mía no era vana: el cura párroco de la iglesia de la Paloma -la más popular de todo Madrid- había puesto las llaves de la iglesia en manos de las milicias, y su iglesia y las obras de arte que encerraba fueron salvadas y respetadas, aunque demolieron los santos de cartón piedra y se llevaron los candeleros de latón para hacer cartuchos. Y lo mismo pasó con San Sebastián, con San Ginés y con docenas de otras iglesias que se habían mantenido intactas, algunas de ellas en espera de las bombas que iban a caer.»
Fotografía de la “sala de lunchs San Isidro” en el número 32 de la calle Toledo, frente a la Catedral de San Isidro. Nuevamente el fotógrafo se centra en la miliciana del mono y la pistola. En la imagen inferior vemos el mismo edificio en la actualidad y apreciamos otro de los horribles y numerosos atentados urbanísticos cometidos en la ciudad con el permiso del Ayuntamiento. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura y Foto JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).
En este relato Arturo Barea nos ofrece su visión particular de cómo se desarrollaron aquellos acontecimientos, donde destaca el testimonio de algunos testigos que le relatan como los edificios religiosos fueron utilizados por personas que apoyaban el golpe militar, haciéndose fuerte en ellos y llegando a abrir fuego desde sus torres.Una visión diametralmente opuesta de aquellos acontecimientos nos la ofrece Joaquí Arrarás Iribarren en su “Historia de la Cruzada Española”. En el tomo XVIII del volumen IV, Arrarás detalla (con su característico tono narrativo que no escatima adjetivos para describir a la “chusma”), como fueron los asaltos a las iglesias de Madrid y otras atrocidades cometidas en aquel día. Hay que tener en cuenta que Arrarás no fue testigo de los hechos y sus textos tienen un fuerte componente de propaganda del Régimen franquista por lo que hay que tomarlos con mucha cautela. Comienza Arrarás su relato sobre el asalto a la catedral de San Isidro haciendo un repaso de la historia de este emblemático templo madrileño y continua describiendo con gran lujo de detalles la riqueza patrimonial que se encontraba en este lugar, la mayoría de la cual se perdería tras el asalto, entre ellas sus reliquias: «Y tenía sobre todo la Catedral el valor inestimable de sus preciadas reliquias. La más venerada era la del Santo Patrono de Madrid, devoción principalísima en la historia religiosa de la capital de España a partir de 1622. Guardábase el cuerpo incorrupto del Santo envuelto en fino sudario y encerrado en una urna dentro de otra caja con tres llaves: una que poseía el Obispado, otra el Ayuntamiento y otra los descendientes de los Vargas. Nadie temió por las reliquias del Santo hasta que la República de 1931 descubrió su propio origen masónico y sus métodos iconoclastas. Bajo estos signos inquietantes se llegó a 1936».
Más adelante Arrarás nos sitúa ya en el 19 de julio: « ... Y así aparece la Catedral de San Isidro antes las turbas en la trágica fecha de 19 de julio de 1936.
Rayaba el mediodía de este domingo y recorrían las calles grupos de gentes armadas con las pistolas que los centros obreros repartían profusamente a sus afiliados. Una muchedumbre enfurecida por extrañas consignas baja en aluvión humano desde la Plaza Mayor al encuentro de otra riada tumultuaria que sube del mercado de la Cebada.
-¡A San Isidro!- gritan todos, empujados por la misma perversidad.

Fotografías de un rincón del interior del templo tras el incendio de 1936 y en la actualidad. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura y Foto JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).
Se estacionan frente a la insigne iglesia. Son en gran mayoría vendedores de los que pregonan a grito pelado en la típica plaza, chamarileros, hampones y ropavejeros del Rastro, aprendices de golfos, mozalbetes ociosos y descuideros que acaban de cumplir quincena. Chusma abigarrada y patibularia, entre la que las mujerzuelas y mozas bravías gritan como furias endemoniadas:
-¡A derribar las puertas!
Las desencajan a golpes y penetran en el interior de la Catedral. Buscan las escaleras que conducen a las alturas del edificio para apostarse allí como tiradores en puesto y aguardar a que salgan los sacerdotes que están dentro y cazarlos como alimañas. Estos, acompañados del coadjutor de guardia de la parroquia del Buen Consejo, don Nicolás Sala, logran alcanzar una puertecilla que comunica con el Instituto y se salvan.
El claustro del antiguo Colegio Imperial de la calle Toledo (en la actualidad IES San Isidro). El colegio está pegado a la Catedral, y según el relato de Arrarás, algunos religiosos lograron huir del templo pasando al colegio. Foto JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).
La plebe sanguinaria se irrita, porque se les ha escapado la presa. El interior del templo está convertido en un pandemónium en que los condenados gesticulan, blasfeman, corren alocados de acá para allá dando golpes y gritos y sin saber en definitiva qué hacer. Pronto surge la iniciativa de prender fuego al templo. Para ello amontonan más de quinientos reclinatorios, los rocían con gasolina y comienza a restallar la llamarada inicial. Algunos vecinos, alarmados, avisan a los bomberos, pero los bomberos se limitan a contemplar el incendio y a tomar medidas de precaución para que no se propague a las casas inmediatas.
Unos bomberos contemplan el interior de la Iglesia de San Andrés tras el incendio. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).
A pesar de esta pasividad oficial, el fuego no adquiere proporciones para causar daños irreparables. Más bien se extingue en las cenizas de los reclinatorios y las sillas que le servían de combustible. Para que la catástrofe se consume es preciso que vengan otros incendiarios más prácticos y especializados. A las once de las noche llega otra riada humana. Traen bidones de gasolina y con ella rocían el recinto. Una llamarada inmensa se levanta y la multitud aúlla con salvajes alaridos ante los resplandores. El incendio ya produce graves daños, pero aún no destruye el templo. Hay que hacer más, y a la madrugada siguiente y durante todo el día 20 de julio las hogueras se renuevan con tesón diabólico. Al fin la Catedral toda concluye por arder y convertirse en un gigantesco brasero, en el que se consumen imágenes, retablos, lienzos, objetos de arte.
Uno de los rincones del interior de la Catedral de San Isidro tras el incendio que destruyó el templo, donde todavía se mantenían ardiendo pequeños focos como apreciamos en la imagen. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada). Hasta las aplicaciones de oro que tienen las campanas se funden con la temperatura de aquel horno que es la iglesia. El vaho se hace tan sofocante, que aún los moradores del Instituto tienen que abandonar su edificio, porque en muchos metros a la redonda el aire es irrespirable. Quedan desechas custodias magníficas, entre ellas las regaladas por el duque de Bailén y don Luis de Béjar; como si fueran de fino alambre se funden o retuercen los hierros labrados, los metales, las lámparas. Por último, con impresionante estrépito, se derrumba la cúpula y toda la inmensa riqueza catedralicia queda sepultada en montones de escombros».
La imponente cúpula de la iglesia se derrumbaría a consecuencia del incendio que destruyó el edificio. En la imagen inferior podemos contemplas la cúpula en la actualidad una vez restaurada. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura y Foto JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).
Hasta aquí el encendido relato de Joaquín Arrarás que nos detalla los últimos instantes de la destrucción de la Catedral de Madrid en julio de 1936. En una próxima entrega les hablaremos de la reconstrucción de la Catedral, concretamente de una peculiar capilla, así como de la suerte que corrió el cuerpo incorrupto de San Isidro, hallado “milagrosamente” intacto tras el incendio. También les hablaremos de otro curioso episodio que tuvo como protagonista a la ermita de San Isidro, también por aquellas fechas. Todo ello en nuestra próxima crónica.
CONTINUARÁ...






























