martes, 14 de mayo de 2013

SAN ISIDRO: JULIO DE 1936 (I)


Tras el golpe militar de julio de 1936 que desencadenaría la Guerra Civil, numerosas iglesias y edificios religiosos serían atacados por grupos de incontrolados. Algunos sería incendiados y destruidos, como fue el caso de la Catedral de San Isidro en la calle Toledo que vemos en esta imagen tomada el día 19 o 20 de julio de 1936. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

SAN ISIDRO: JULIO DE 1936 (I)

Por Inés Tremis y Florentino Areneros

El domingo 19 de julio de 1936 el caos se apoderaba de Madrid. La ciudad es un hervidero de gente y la confusión es absoluta. Las noticias y los rumores se entremezclan y transforman constantemente, generando en ocasiones combinaciones explosivas. Son muy pocos, por no decir ninguno, quienes saben lo que realmente está sucediendo, nadie controla la situación. Lo único claro es que ha habido un golpe militar que ha tenido éxito en algunas zonas de España, en Madrid varios cuarteles con sus dotaciones se han unido a los golpistas, desde el norte fuerzas al mando del general Mola se dirigen hacia la capital. El gobierno (sería más acertado decir los gobiernos ya que se han sucedido varios en pocas horas) desbordado por los acontecimientos se ve incapaz de controlar la situación con los pocos medios de que dispone y decide finalmente repartir armas entre la población. Muchos civiles se preparan para la lucha y comienzan a organizarse. Las fuerzas del orden y militares que permanecen leales al gobierno son destinados en su mayoría a neutralizar y enfrentarse a los sublevados, mientras que grupos de civiles armados toman el control de las calles. En medio de tanta confusión, muchos comienzan a aplicar su “justicia”. La tensión, el odio y la rabia, acumulados durante tanto tiempo se desbordan, noticias y rumores que llegan de todos los lados avivan todavía más estos sentimientos. La Iglesia, a la que muchos sitúan al lado de los golpistas, será uno de los principales objetivos de estos grupos de incontrolados. Muchos templos y edificios propiedad de la Iglesia serán destruidos en ese día, entre ellos la catedral de San Isidro en la calle Toledo que será devorada por las llamas. Reconstruido tras la guerra, en el templo todavía podemos contemplar algunas curiosidades relacionadas con aquellos días que recordaremos en esta crónica, como la presencia de un escudo de la familia real británica que preside una de las capillas, o la milagrosa aparición del cuerpo incorrupto del Santo que no fue afectado por las llamas.

La Iglesia española no gozaba de muchas simpatías en amplios sectores sociales. Acusada de apoyar y promover la sublevación militar de 1936, tanto la institución como sus miembros serían perseguidos tras producirse el golpe. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

Durante el Siglo XIX van a ser muchas las voces que señalen a la Iglesia española como uno de los estamentos responsables del inmovilismo y atraso secular que sufre España. Desde el regreso de Fernando VII hasta final del siglo, la Iglesia ejerce un gran protagonismo en los ámbitos político, económico y social. Durante este periodo muchos políticos, pensadores, artistas, etc... van a acusar al estamento eclesiástico de apoyar, cuando no dirigir desde la sombra, a las opciones políticas más conservadoras, oponiéndose a la vez a todo lo que pueda suponer cualquier cambio o evolución. Este posicionamiento al lado de una oligarquía en el poder, ajena a los cambios que se están produciendo en el resto de Europa, va a granjear a la Iglesia la animadversión de gran parte de la sociedad española, incluyendo a las clases más pobres y desfavorecidas, que ven como la Iglesia apuntala un sistema que les condena a la pobreza.

En esta situación tanto la Iglesia como los sacerdotes van a ser objetivo de las iras populares en diferentes momentos a lo largo del siglo. En una crónica de Sol y Moscas titulada “la matanza de frailes” ya narramos un trágico episodio ocurrido también en el mes de julio, concretamente el día 17 pero de 1834, y casualmente también en la catedral de San Isidro, donde varios frailes serían asesinados tras ser asaltado el templo por una enfurecida riada humana (haga clic sobre este texto para ir a la crónica).

Prácticamente un siglo antes, en julio de 1834, la iglesia de San Isidro también sería atacada violentamente por grupos de incontrolados que asesinarían a varios curas. Tras declararse una epidemia de cólera en la ciudad, los frailes serían acusados de haber envenenado las aguas, episodio que ya tratamos en una crónica de Sol Y Moscas (haga clic sobre este texto para ir a la crónica). (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

En el Siglo XX la situación permanece prácticamente igual, y la Iglesia continúa ejerciendo una enorme influencia a todos los niveles. Los nuevos movimientos sociales y los diferentes grupos que piden una regeneración del país, siguen señalando a la Iglesia como un estamento opuesto a los cambios que persiguen, la brecha entre ellos y el estamento religioso sigue creciendo. Así, a pocos días de proclamarse la II República en mayo de 1931, una serie de disturbios en Madrid desembocan en el incendio de varios edificios religiosos, episodio al que dedicamos una crónica de título “la quema de conventos” (haga clic sobre este texto para ir a la crónica). Desde ese momento la hostilidad hacia Iglesia por parte de diferentes colectivos será una constante hasta el golpe militar de julio de 1936 que provocaría la Guerra Civil. A partir de ese momento se va a desencadenar una violenta persecución religiosa. Muchos templos y edificios religiosos serían destruidos durante la contienda, incluyendo en la mayoría de los casos el rico patrimonio cultural y artístico que en ellos se atesoraba, pero sin ninguna duda la principal e injustificable pérdida fue la muerte violenta de miles de religiosos, un eslabón más en la cadena de brutalidades que se sucedieron en ambas retaguardias durante toda la guerra, que tendrían continuidad una vez finalizada la contienda con la no menos injustificable muerte de miles de personas del bando derrotado. Una trágica enseñanza, que después de tanto tiempo transcurrido debería invitar a una serena reflexión.

Pero volvamos al 19 de Julio de 1936. Como comentábamos en la introducción de esta crónica la situación era caótica en las calles de la ciudad de Madrid, grupos de incontrolados comenzaban a hacerse dueños de las calles. Seguramente una de los mejores libros escritos sobre la Guerra Civil sea “La Llama” de Arturo Barea, tercera parte de la trilogía publicada bajo el título “La forja de un rebelde”. En esta obra indispensable, Barea nos relata sus propias vivencias durante aquellos momentos, un testimonio en primera persona de indudable interés. Veamos algo de lo que nos relata Barea sobre lo sucedido aquel domingo de julio.


En la fotografía superior vemos la calle Toledo esquina a la de Segovia en la tarde del 19 o el 20 de julio de 1936. Distinguimos la zapatería “Calzados Lobo”, fundada en 1897, todavía se mantiene en el mismo lugar. En la imagen inferior vemos la misma esquina en la actualidad. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura y Foto JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

«Las calles alrededor de Antón Martín estaban abarrotadas de gente y llenas de un humo denso y agrio. Olía por todas partes a madera quemada y a metal caliente. La iglesia de San Nicolás estaba ardiendo. Vi los ventanales de la cúpula saltar explosivos, y chorros de plomo incandescente deslizarse por el tejado. La media naranja era una bola gigantesca de fuego furioso, crujiendo y retorciéndose bajo las llamas. Por un instante, el incendio pareció extinguirse y la enorme cúpula se abrió con una grieta roja.

Las gentes se dispersaron gritando:
-¡Se hunde!

Se hundió la cúpula con un chasquido y un golpazo sordo, tragada por las paredes exteriores de la iglesia. De dentro brincó a lo alto una masa silbante de polvo, cenizas, humo y chispas. De pronto, entre esta nube de cataclismo, surgió la figura de un bombero en lo alto de una escala que se balanceaba en el aire, perdido el apoyo de la cúpula; el hombre, en lo alto, seguía dirigiendo el chorro de agua de su manga sobre los puestos del mercado de la calle de Santa Isabel y las paredes del cinema a espaldas de la iglesia. Era como si Arlequín se hubiera quedado de repente solo en la escena, ridículo y desnudo. Las gentes aplaudían, no sé si al derrumbamiento de la cúpula o a la figurilla grotesca allá en lo alto. El fuego seguía rugiendo sordamente dentro de las paredes de piedra.

Entré en la taberna de Serafín. Toda la familia estaba agrupada en la trastienda, la madre y una de las hermanas completamente histéricas, y la taberna estaba llena de gente. Serafín corría de los clientes a su madre y hermana y de éstas a aquellos, tratando de atender a todos, su cara redonda empapada de sudor, dando, atontado, tropezones a cada paso.

En la imagen vemos la iglesia de San Andrés destruida por un incendio provocado tras ser asaltado el templo por grupos de incontrolados. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

-¡Arturo, Arturo! ¡Esto es terrible! ¿Qué va a pasar aquí? Han quemado San Nicolás y todas las otras iglesias de Madrid: San Cayetano, San Lorenzo, San Andrés, la escuela Pía...

-¡Bah! No te apures -interrumpió un parroquiano con pistola a la cintura y un pañuelo rojo y negro liado al cuello-. Sobran tantas cucarachas.

El nombre de la escuela Pía me había impresionado: mi vieja escuela estaba ardiendo. Me fui rápidamente, calle del Ave María abajo, y me encontré a Aurelia y los chicos en la calle, mezclados con los vecinos. Me recibieron a gritos:

-¿Dónde has estado?
-Trabajando todo el día. ¿Qué es lo que pasa aquí?

Veinte vecinos comenzaron a la vez a darme explicaciones: los fascistas habían disparado sobre las gentes desde las torres de las iglesias y las gentes las habían asaltado. Todo estaba ardiendo...

El barrio entero olía a quemado y caía una lluvia finísima de cenizas. Quería verlo yo mismo.

Fotografía de la calle Embajadores en la tarde del 19 de julio de 1936. Al fondo distinguimos la cúpula de la iglesia de San Cayetano y una columna de humo provocada por el incendio del templo. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

La iglesia de San Cayetano era una masa de llamas. Cientos de personas vecinas de las casas adyacentes habían sacado a la calle sus muebles y los habían amontonado lejos del incendio que amenazaba sus hogares. Guardaban sus propiedades y contemplaban silenciosas el incendio. Una de las torres gemelas comenzó a oscilar. La multitud gritó: si la torre caía sobre sus casas, sería el fin. El bloque de piedra y ladrillo se estrelló en mitad de la calle.

Enfrente de la iglesia de San Lorenzo, una multitud frenética aullaba y danzaba casi en las mismas llamas.

La escuela Pía estaba ardiendo por dentro. Parecía como si hubiera sido sacudida por un terremoto. La larga fachada de la calle del Sombrerete, con sus cien ventanas correspondientes a las clases y a las celdas de los padres, estaba lamida por las lenguas de fuego que surgían a través de las rejas. La fachada principal estaba derruida, una de las torres caída, el atrio de la iglesia demolido. Por una puertecilla lateral -la entrada de los chicos pobres- bomberos y milicianos entraban y salían sin cesar. El resplandor del fuego interno en el enorme edificio brillaba a través de cada orificio.»


Las Escuelas Pías de San Fernando del barrio de Lavapiés, serían atacadas e incendiadas el 19 de julio de 1936. Tanto la iglesia como el colegio serían destruidos completamente. Sobre sus ruinas se construiría la sede de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. En los restos que se conservan todavía se pueden apreciar las huella de aquel incendio. El reloj se paró a la una menos diez. Foto JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

Las Escuelas Pías de San Fernando se ubicaban en el barrio de Lavapiés, entre las calles Sombrerete, Mesón de Paredes, Tribulete y Embajadores, en la actualidad se han recuperado las ruinas de aquel edificio destruido el 19 de julio de 1936 para construir sobre ellas la sede de la Universidad de Educación a Distancia. Arturo Barea había sido alumno de aquel centenario colegio, de ahí la importancia que le otorga en su relato. Retomamos el texto mientras habla con una mujer que le relata lo ocurrido:

«...Los escolapios, ¿sabe usted?, eran buena gente, y ya le digo que no me gustan las sotanas, pero fueron y se juntaron a una de esas asociaciones de las escuelas católicas, algo que lo llamaban así, que todo estaba manejado por los jesuitas. Usted se acordará cómo era cuando el padre prefecto venía a la plaza de Lavapiés y nos daba perras y hasta mi madre iba y le besaba la mano. Pero todo esto se acabó cuando vinieron los jesuitas. ¡Empezaron eso que llaman la adoración de Dios! Se ponían a hacer la instrucción en el patio con fusiles, que todos los veíamos desde los balcones. Y luego, aunque no lo crea, esta mañana empezaron con una ametralladora en la torre esa que han tirado, y se oía en todo el barrio.

-¿Y han herido a alguien? -pregunté.
-A cuatro o cinco aquí en Mesón de Paredes y en la calle de Embajadores. Uno se quedó muerto en la acera y a los otros se los llevaron en seguida.



El lateral del templo de San Isidro por la calle Colegiata. En la imagen apreciamos las huellas del incendio en la fachada. Distinguimos nuevamente a la miliciana vestida con mono y portando una pistola. En la imagen inferior vemos la misma perspectiva en la actualidad. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura y Foto JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).


Me fui a casa profundamente emocionado. Sentía un peso en la boca del estómago como si quisiera llorar sin poder. Surgían visiones de mi infancia y tenía la sensación de sentir y de oler cosas que había querido y cosas que había odiado. Me senté en el balcón de casa sin ver la gente que pasaba por la calle o que se enracimaba en grupos, hablando a gritos. Traté de aclarar el conflicto dentro de mí. Me era imposible aplaudir la violencia. Estaba convencido de que la Iglesia en España era un daño que había que corregir, pero a la vez me rebelaba contra esta destrucción estúpida. ¿Qué habría ocurrido a la biblioteca del colegio con sus viejos libros iluminados, con sus manuscritos únicos? ¿Qué habría ocurrido a las salas de física y de historia natural, tan espléndidas, tan escasas en España? ¡Y toda la riqueza destruida en material de enseñanza! ¿Era posible que estos curas y estos señoritos de la Falange hubieran sido realmente tan estúpidos como para creer que el colegio iba a ser una fortaleza contra un pueblo enfurecido?

Había visto demasiado de sus preparaciones para no creer que habían usado las iglesias y los conventos como almacenes de guerra. Pero a pesar de ello, odiaba la destrucción, tanto como odiaba a los que habían llevado al pueblo a ella. Por un momento pensé dónde estaría el padre Ayala y si le satisfacía el resultado de su silencioso trabajo.

¿Qué hubiera ocurrido si nuestro antiguo padre prefecto hubiera abierto de par en par las puertas de la iglesia y del colegio y se hubiera quedado él allí, bajo el dintel, frente a frente al populacho, erguido, con su cabeza alta, con sus cabellos de plata azotados al viento? ¡Oh!, no le hubieran atacado, estaba seguro.

Más tarde aprendí que esta ilusión mía no era vana: el cura párroco de la iglesia de la Paloma -la más popular de todo Madrid- había puesto las llaves de la iglesia en manos de las milicias, y su iglesia y las obras de arte que encerraba fueron salvadas y respetadas, aunque demolieron los santos de cartón piedra y se llevaron los candeleros de latón para hacer cartuchos. Y lo mismo pasó con San Sebastián, con San Ginés y con docenas de otras iglesias que se habían mantenido intactas, algunas de ellas en espera de las bombas que iban a caer.»



Fotografía de la “sala de lunchs San Isidro” en el número 32 de la calle Toledo, frente a la Catedral de San Isidro. Nuevamente el fotógrafo se centra en la miliciana del mono y la pistola. En la imagen inferior vemos el mismo edificio en la actualidad y apreciamos otro de los horribles y numerosos atentados urbanísticos cometidos en la ciudad con el permiso del Ayuntamiento. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura y Foto JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

En este relato Arturo Barea nos ofrece su visión particular de cómo se desarrollaron aquellos acontecimientos, donde destaca el testimonio de algunos testigos que le relatan como los edificios religiosos fueron utilizados por personas que apoyaban el golpe militar, haciéndose fuerte en ellos y llegando a abrir fuego desde sus torres.Una visión diametralmente opuesta de aquellos acontecimientos nos la ofrece Joaquí Arrarás Iribarren en su “Historia de la Cruzada Española”. En el tomo XVIII del volumen IV, Arrarás detalla (con su característico tono narrativo que no escatima adjetivos para describir a la “chusma”), como fueron los asaltos a las iglesias de Madrid y otras atrocidades cometidas en aquel día. Hay que tener en cuenta que Arrarás no fue testigo de los hechos y sus textos tienen un fuerte componente de propaganda del Régimen franquista por lo que hay que tomarlos con mucha cautela. Comienza Arrarás su relato sobre el asalto a la catedral de San Isidro haciendo un repaso de la historia de este emblemático templo madrileño y continua describiendo con gran lujo de detalles la riqueza patrimonial que se encontraba en este lugar, la mayoría de la cual se perdería tras el asalto, entre ellas sus reliquias: «Y tenía sobre todo la Catedral el valor inestimable de sus preciadas reliquias. La más venerada era la del Santo Patrono de Madrid, devoción principalísima en la historia religiosa de la capital de España a partir de 1622. Guardábase el cuerpo incorrupto del Santo envuelto en fino sudario y encerrado en una urna dentro de otra caja con tres llaves: una que poseía el Obispado, otra el Ayuntamiento y otra los descendientes de los Vargas. Nadie temió por las reliquias del Santo hasta que la República de 1931 descubrió su propio origen masónico y sus métodos iconoclastas. Bajo estos signos inquietantes se llegó a 1936».

Más adelante Arrarás nos sitúa ya en el 19 de julio: « ... Y así aparece la Catedral de San Isidro antes las turbas en la trágica fecha de 19 de julio de 1936.

Rayaba el mediodía de este domingo y recorrían las calles grupos de gentes armadas con las pistolas que los centros obreros repartían profusamente a sus afiliados. Una muchedumbre enfurecida por extrañas consignas baja en aluvión humano desde la Plaza Mayor al encuentro de otra riada tumultuaria que sube del mercado de la Cebada.

-¡A San Isidro!- gritan todos, empujados por la misma perversidad.



Fotografías de un rincón del interior del templo tras el incendio de 1936 y en la actualidad. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura y Foto JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

Se estacionan frente a la insigne iglesia. Son en gran mayoría vendedores de los que pregonan a grito pelado en la típica plaza, chamarileros, hampones y ropavejeros del Rastro, aprendices de golfos, mozalbetes ociosos y descuideros que acaban de cumplir quincena. Chusma abigarrada y patibularia, entre la que las mujerzuelas y mozas bravías gritan como furias endemoniadas:

-¡A derribar las puertas!

Las desencajan a golpes y penetran en el interior de la Catedral. Buscan las escaleras que conducen a las alturas del edificio para apostarse allí como tiradores en puesto y aguardar a que salgan los sacerdotes que están dentro y cazarlos como alimañas. Estos, acompañados del coadjutor de guardia de la parroquia del Buen Consejo, don Nicolás Sala, logran alcanzar una puertecilla que comunica con el Instituto y se salvan.


El claustro del antiguo Colegio Imperial de la calle Toledo (en la actualidad IES San Isidro). El colegio está pegado a la Catedral, y según el relato de Arrarás, algunos religiosos lograron huir del templo pasando al colegio. Foto JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).


La plebe sanguinaria se irrita, porque se les ha escapado la presa. El interior del templo está convertido en un pandemónium en que los condenados gesticulan, blasfeman, corren alocados de acá para allá dando golpes y gritos y sin saber en definitiva qué hacer. Pronto surge la iniciativa de prender fuego al templo. Para ello amontonan más de quinientos reclinatorios, los rocían con gasolina y comienza a restallar la llamarada inicial. Algunos vecinos, alarmados, avisan a los bomberos, pero los bomberos se limitan a contemplar el incendio y a tomar medidas de precaución para que no se propague a las casas inmediatas.


Unos bomberos contemplan el interior de la Iglesia de San Andrés tras el incendio. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).


A pesar de esta pasividad oficial, el fuego no adquiere proporciones para causar daños irreparables. Más bien se extingue en las cenizas de los reclinatorios y las sillas que le servían de combustible. Para que la catástrofe se consume es preciso que vengan otros incendiarios más prácticos y especializados. A las once de las noche llega otra riada humana. Traen bidones de gasolina y con ella rocían el recinto. Una llamarada inmensa se levanta y la multitud aúlla con salvajes alaridos ante los resplandores. El incendio ya produce graves daños, pero aún no destruye el templo. Hay que hacer más, y a la madrugada siguiente y durante todo el día 20 de julio las hogueras se renuevan con tesón diabólico. Al fin la Catedral toda concluye por arder y convertirse en un gigantesco brasero, en el que se consumen imágenes, retablos, lienzos, objetos de arte.

Uno de los rincones del interior de la Catedral de San Isidro tras el incendio que destruyó el templo, donde todavía se mantenían ardiendo pequeños focos como apreciamos en la imagen. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

Hasta las aplicaciones de oro que tienen las campanas se funden con la temperatura de aquel horno que es la iglesia. El vaho se hace tan sofocante, que aún los moradores del Instituto tienen que abandonar su edificio, porque en muchos metros a la redonda el aire es irrespirable. Quedan desechas custodias magníficas, entre ellas las regaladas por el duque de Bailén y don Luis de Béjar; como si fueran de fino alambre se funden o retuercen los hierros labrados, los metales, las lámparas. Por último, con impresionante estrépito, se derrumba la cúpula y toda la inmensa riqueza catedralicia queda sepultada en montones de escombros».



La imponente cúpula de la iglesia se derrumbaría a consecuencia del incendio que destruyó el edificio. En la imagen inferior podemos contemplas la cúpula en la actualidad una vez restaurada. Fotografía: portal Pares del Ministerio de Cultura y Foto JAZ. (Haga clic sobre la imagen para verla ampliada).

Hasta aquí el encendido relato de Joaquín Arrarás que nos detalla los últimos instantes de la destrucción de la Catedral de Madrid en julio de 1936. En una próxima entrega les hablaremos de la reconstrucción de la Catedral, concretamente de una peculiar capilla, así como de la suerte que corrió el cuerpo incorrupto de San Isidro, hallado “milagrosamente” intacto tras el incendio. También les hablaremos de otro curioso episodio que tuvo como protagonista a la ermita de San Isidro, también por aquellas fechas. Todo ello en nuestra próxima crónica.

CONTINUARÁ...

viernes, 3 de mayo de 2013

LA PINTADA

En 1946 un grupo de estudiantes realizan unas pintadas en la Complutense, para borrarlas alguien decide picar la piedra donde se realizaron, inmortalizando de esa forma el texto. La pintada, ya en relieve, sobreviviría al franquismo, hasta que en 2006, tras darse a conocer su existencia en los medios de comunicación, alguien decidio que había llegado la hora de eliminar aquel vestigio de la lucha antifranquista en la universidad. En la imagen vemos a Pablo Pintado en diciembre de 2005 junto a la pintada que el mismo realizó. (Clic sobre la imagen para verla ampliada).


LA PINTADA QUE FRANCO NO PUDO BORRAR

En 1946 un pequeño grupo de estudiantes de la Universidad Complutense, liderados por Carmelo Soria Espinosa (quien con el paso de los años sería asesinado en Chile por la agentes de Pinochet), se unen para reorganizar la Federación Universitaria Escolar (F.U.E.), la organización estudiantil progresista más importante e influyente en el periodo anterior a la guerra. Su entusiasmo es notable, pese al gran peligro que corren. Son tiempos en los que la maquinaria represora franquista actúa sin piedad y cualquier oposición al régimen es castigada con gran dureza.

En los primeros meses de 1947 aparecen en diferentes lugares del campus pintadas con textos del tipo: “Abajo el fascismo”, “Libertad” o “viva la universidad libre”. Las pintadas tienen una particularidad, son visibles durante el día pero desaparecen por la noche. Las autoridades franquistas se encuentran desorientadas, los equipos de limpieza no consiguen hacerlas desaparecer de manera definitiva, y en su desesperación optan por picar la piedra donde han sido realizadas alguna de ellas. Con este método se consigue hacer desaparecer la pintada, pero tiene un serio inconveniente: el texto queda cincelado sobre el granito para la posteridad. Esta chapuza, digna de Pepe Gotera y Otilio, haría que las pintadas sobrevivieran largamente al franquismo, permaneciendo en este mismo lugar como poco hasta comienzos del año 2006. Sería entonces, ya con un sistema democrático consolidado y con el franquismo supuestamente en el olvido, cuando alguien de manera incomprensible se encargó de eliminar con verdadera saña estos símbolos de la lucha antifranquista para siempre.


Una imagen de la pared donde se encontraba la pintada en la actualidad. Las piedras son las mismas, pero se han pulido a conciencia hasta eliminar los relieves donde se adivinaba la pintada. (Clic sobre la imagen para verla ampliada).

El autor de aquella pintada realizada con brocha gorda, fue un estudiante de nombre Pablo Pintado y Riba, que cursaba estudios de arquitectura en la universidad. Pablo Pintado era hijo de dos maestros vinculados a la Institución Libre de Enseñanza, su padre, que pertenecía a la Federación de Trabajadores de la Enseñanza, había sido fusilado al finalizar la guerra, y a su madre se le impidió ejercer su profesión docente. Pintado sería ayudado por dos compañeras, la estudiante de Ciencias Químicas Mercedes Vega, y por Albina Pérez, que cursaba estudios de Letras. Sería Mercedes Vega la que encontró la fórmula para aquella pintura “mágica”, compuesta de nitrato de Plata, una sustancia fotosensible que se oscurece al recibir la luz solar. De esta forma, durante el día, los textos eran visibles, desapareciendo al caer la noche. La persistencia de aquellas pintadas y la incapacidad de las autoridades para hacerlas desaparecer sería motivo de bromas y burlas entre los estudiantes.

Aquella osadía y atrevimiento no podían quedar impunes y rápidamente se puso en marcha la poderosa maquinaría policial del régimen. De la investigación se encarga la temida Brigada Especial del Juzgado para la Represión de la Masonería y el Comunismo, al mando del coronel Enrique Eymar Fernández, un siniestro personaje cuya trayectoria merecería por si misma una crónica propia. Para no dejarles con la incógnita sobre la personalidad de este siniestro militar, recogemos aquí la breve reseña que pueden encontrar en la página de la Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores (SBHAC), una excelente página web, imprescindible y recomendable para todas aquellas personas interesadas en la Guerra Civil (haga clic aquí para ir a la página): «Fue comandante del ejército republicano (en realidad se le clasificó como leal geográfico), pasó toda la guerra en el Museo del Ejército como subdirector, pero además, por su condición de mutilado de la guerra de África, presidió la Asociación de Mutilados de Guerra de la República. Con la entrada de Franco en Madrid, y por motivos desconocidos para nosotros reingresó en el ejército franquista, donde fue nombrado juez de prisioneros. Tiempo después es nombrado juez instructor militar y lo fue hasta la creación del TOP, en marzo de 1964. Le está documentado la vejación de jóvenes encausadas, el chantaje a viudas en la misma categoría. Y la más despiadada de las inquinas contra todo lo que sonara a antifranquista. Fue además el responsable del proceso a Grimau, toda una joya de la impostura jurídico-militar franquista, pues como se sabe, el vocal-ponente militar capitán auditor Manuel Fernández Martín no era abogado, lo que era preceptivo en un consejo de guerra sumarísimo, (aquél tipo había engañado al propio ejército franquista, no solo como abogado, también ejerció como alférez médico sin tener título). Eymar actúo en aproximadamente 4000 causas de las que más de 1000 fueron condenas a muerte. Parece que le daban las causas que nadie quería, pues sabían que Eymar no se iba a arrugar.»

El coronel Enrique Eymar juez militar del ejército franquista, era conocido por su dureza tanto con los acusados como con los familiares de estos. Sería el encargado de juzgar a los universitarios que realizaron las pintadas. FOTO cortesía de la Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores (SBHAC). (Clic sobre la imagen para verla ampliada).

Las investigaciones darían pronto sus frutos, y la mayoría de los componentes de la reorganizada F.U.E. serían detenidos. Uno de aquellos jóvenes detenidos fue Manuel Lamana que posteriormente escribiría en su exilio argentino una novela de título “Los Inocentes” publicada en España por Piamonte, edición que sería prologada por Constantino Bértolo (haga clic aquí para conocer la novela). Nos hemos tomado aquí la libertad de reproducir unos párrafos de ese prólogo donde se recogen estos hechos: «En marzo de 1947, y después de una gran "pintada" en la Ciudad Universitaria de Madrid, son detenidos por la Brigada Especial del Juzgado para la Represión de la Masonería y el Comunismo, bajo el mando del coronel Eymar, el Comité Nacional de la FUE y algunos otros estudiantes. Desde la Dirección General de Seguridad son trasladados el día 12 de abril de 1947 a la Prisión Central de Alcalá de Henares: Nicolás Sánchez-Albornoz, Luis Rubio, Manuel Lamana, Antonio Lozano Martínez, Fernando Rico, Gerardo Renárt Prieto, Javier Sanz Faure, Eleuterio López Linares, Pablo Pintado y Riba, Juan Antonio Matanzas e Ignacio Faure; a Prisiones Militares fue enviado Óscar Kriales, que era alférez de la Milicia Universitaria, y a la Prisión de Mujeres fueron condu¬cidas Albina Pérez Fernández y Mercedes Vega. Son estudiantes de Filosofía y Letras, Derecho, Medicina, Químicas, Aparejadores, etcétera.

El día 14 de abril de 1947 (aniversario de la proclamación de la II República Española), dos días después de ingresar los estudiantes en la Prisión de Alcalá de Henares, fueron fusilados dos reclusos bajo la acu¬sación de guerrilleros. La protesta fue general, unánime, violenta, por parte de la población reclusa, declarando por primera vez en una prisión franquista la huelga de hambre. Los estudiantes de la FUE hicieron causa común con el resto de los presos, llegando a ser duramente castigados por su actitud solidaria.

El director de la prisión, Justo Herráiz, que se había distinguido como hombre cruel y sanguinario en las diversas cárceles por las que había pasado, había sido enviado a la de Alcalá de Henares para intentar acabar con la rebelión que empezaba a manifestarse. Hizo patente su particular enojo con uno de los estudiantes, Luís Rubio, a quien envió a celdas de castigo durante algún tiempo, poniéndole graves notas de sanción en su expediente disciplinario.


Retrato de Nicolás Sánchez-Albornoz, uno de los jóvenes protagonistas de esta historia. (Clic sobre la imagen para verla ampliada).


En noviembre del mismo año fueron trasladados los estudiantes a la Prisión de Carabanchel de Madrid, y juzgados el día 12 de diciembre de 1947 en Consejo de Guerra de Oficiales Generales, que se celebró en el cuartel del regimiento de Infantería "Inmemorial nº l", sito en el Paseo Moret de la capital de España. El fiscal solicitó penas de uno a cuatro años, mientras que el Consejo los imponía de uno a ocho años. ¡El doble de la petición fiscal! Se rumoreó por aquel entonces que había sido a petición del sindicato fascista de estudiantes, el SEU.

Antonio Lozano, que había sido teniente de Artillería del ejército republicano, fue condenado a la pena de seis años de prisión, con una petición fiscal de tres. Luis Rubio Chamorro, que había sido capitán de Infantería al servicio del Estado Mayor en el ejército republicano durante la Guerra Civil y que tenía antecedentes penales por "auxilio a la rebelión", junto con Óscar Kriales, fue condenado a ocho años de prisión con una petición fiscal de cuatro.

Durante su estancia en las prisiones de Alcalá y Carabanchel, los estudiantes publicaron varios números manuscritos de la revista FUE, algunos de cuyos ejem¬plares se consiguió enviar al exterior de la prisión.

Todos los estudiantes masculinos, una vez condenados, fueron trasladados a Destacamentos Penales a trabajar. Al de Cuelgamuros lo fueron Nicolás Sánchez-Albornoz, Manuel Lamana e Ignacio Faure; al de Fuencarral (Madrid), Luis Rubio; a los de Bustarviejo, Buitrago y Chozas de la Sierra, los restantes. Desde el Destacamento Penal de Cuelgamuros (Valle de los Caídos), Manuel Lamana y Nicolás Sánchez-Albornoz protagonizaron una espectacular, dramática y eficaz fuga

La FUE siguió actuando cada día con más dificultades hasta 1950 en que se extinguió, si bien dejó señalado el camino para que años después se activase la rebeldía estudiantil.

Como recordatorio cabe señalar que Carmelo Soria Espinosa, que se había exilado a Chile en 1947, fue asesinado por agentes de la policía política del general Pinochet en 1976, en el canal de "El Carmen" de Santiago de Chile; Sánchez-Albornoz es catedrático en la Universidad de New York; Luis Rubio fue vicepresidente de Izquierda Republicana; Ignacio Faure murió en accidente de automóvil en España; Gerardo Renart falleció en desgraciado accidente de trabajo, y los demás ejercen sus actividades profesionales en la Administración o en em¬presas privadas.»


Los jóvenes detenidos serían condenados a duras penas, pasando por diferentes cárceles y destacamentos penales, entre ellos el de Cuelgamuros, de donde conseguirían fugarse, ayudados por dos jóvenes, norteamericanas los estudiantes Nicolás Sánchez-Albornoz y Manuel Lamana, quienes tras diversas peripecias conseguirían cruzar la frontera francesa. (Clic sobre la imagen para verla ampliada).

Todos los jóvenes detenidos sufrirían las penalidades de las cárceles franquistas y la dureza de los destacamentos penales, pero de entre todos ellos la experiencia más notable la protagonizarían Nicolás Sánchez-Albornoz y Manuel Lamana, quienes escaparían de las obras de Cuelgamuros protagonizando una fuga de película, nunca mejor dicho ya que Fernando Colomo dirigiría una película en 1998 basada en aquellos hechos de título “Los años bárbaros”. Sánchez-Albornoz y Lamana escaparían de Cuelgamuros ayudados por dos jóvenes norteamericanas: Barbara Prost Solomon y Barbara Mailer, hermana del escritor Norman Mailer. La vigilancia de los presos no era muy estricta, debido a que la principal dificultad consistía en poder atravesar un país tomado policialmente y prácticamente en estado de sitio, de los 44 presos que se fugaron de Cuelgamuros a los largo de los años de existencia del penal, solamente Sánchez-Albornoz y Lamana conseguirían atravesar la frontera, el resto sería nuevamente capturado.

El plan fue elaborado en Paris por Paco Benet, hermano del escritor Joan Benet. Desde París, Benet y las dos jóvenes se desplazaron en coche hasta El Escorial, allí tras la misa dominical de obligada asistencia para todos los presos, nuestros dos protagonistas, que ya estaban avisados del plan, se escabullirían por una callejuela donde les esperaban las dos jóvenes norteamericanas y Benet. Seguramente la simpleza del plan, fuera la mayor garantía de su éxito. Los jóvenes tras diversas peripecias conseguirían llegar a Barcelona, y de allí a la frontera. Allí se separarían y los fugados conseguirían cruzar la frontera a pie, no sin grandes contratiempos, y llegar a Francia. Toda una odisea con final feliz que una de las protagonistas, Barbara Prost Solomon, recogería en su libro “los felices cuarenta”.

Los jóvenes detenidos serían condenados a duras penas, pasando por diferentes cárceles y destacamentos penales, entre ellos el de Cuelgamuros, de donde conseguirían fugarse, ayudados por dos jóvenes, norteamericanas los estudiantes Nicolás Sánchez-Albornoz y Manuel Lamana, quienes tras diversas peripecias conseguirían cruzar la frontera francesa. (Clic sobre la imagen para verla ampliada).

Pero volvamos a la pintada y a su autor. Pablo Pintado y Riba nació en Madrid en 1924. Su padre, Sidonio Pintado, maestro nacional, pedagogo y esperantista, sería fusilado al finalizar la guerra en Cambrils. Su madre, María Riba, maestra al igual que su marido, sería inhabilitada para ejercer su profesión. Pablo Pintado se vería obligado a mantener a su familia, trabajando como maestro y como topógrafo del Instituto Geográfico Nacional, compatibilizándolo con sus estudios de arquitectura, siendo un destacado y brillante alumno cuando fue detenido en 1947. Al salir de la cárcel continuaría con sus estudios, licenciándose en 1955. En 1958 obtendría un Premio Nacional de Arquitectura y en 1964 ganaría el concurso para la construcción de uno de los edificios más emblemáticos del Madrid de la segunda mitad del Siglo XX: el Palacio de Congresos de la Castellana. Tal vez su obra más conocida a lo largo de su brillante trayectoria profesional.

Su nombre volvería a saltar a la fama en 2005, al sorprender a los asistentes a una conferencia en el Ateneo de Madrid reconociendo que el había sido el autor de aquellas pintadas que 58 años después podían seguir siendo contempladas por cualquiera que se acercara a la Facultad de Medicina de la Complutense. El periódico El País se haría eco de aquella noticia en un artículo firmado por Rafael Fraguas publicado el 12 de diciembre de 2005 (haga clic aquí para ir al artículo). Aquel artículo volvería a traer a la actualidad tanto a Pintado como la historia de aquella legendaria pintada que había conseguido resistir al paso del franquismo. Sin embargo, mucho nos tememos que aquel artículo supuso una sentencia para aquel vestigio de la lucha antifranquista.

El 12 de diciembre de 2005 el periodista Rafael Fraguas publicaría un artículo sobre Pablo Pintado y aquella pintada. Mucho nos tememos que aquel artículo despertó algunas nostalgias que acabarían con aquel vestigio histórico. Foto: Archivo particular de Alfredo Garrote. (Clic sobre la imagen para verla ampliada).

Algo más de cincuenta y ocho años habían transcurrido desde la noche en que Pablo Pintado realizó aquella pintada hasta que se publicó el artículo en El País en diciembre de 2005. Aquella pintada, ya hecha relieve, había conseguido sobrevivir al implacable franquismo. Esta circunstancia en cualquier otro país sería considerado por derecho propio en un símbolo de la lucha por las libertades. Su permanencia tras todos esos años era un testimonio grabado en piedra de lo que fue la dura lucha contra el franquismo de los estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid, aquel relieve se había convertido de alguna manera en un resto arqueológico, en un pedazo de nuestra Historia.

Hace tiempo ya denunciamos en estas mismas páginas que una una farola con ornamentación republicana había desaparecido del lugar donde se encontraba, curiosamente unas instalaciones municipales (clic aquí para ir a la crónica), tras dar a conocer su existencia en un foro de Internet, ¿casualidad?, lo dudamos. Aquella desaparición nos llevó a dejar de publicar nuestra serie sobre los escudos de la República en estas páginas de Sol y Moscas, ante el temor de que al dar a conocer su ubicación, su propia existencia corriera peligro al igual que había ocurrido con aquella farola. Mucho nos tememos que el artículo publicado en El País por Rafael Fraguas fue la causa de que alguien ordenara eliminar aquella histórica pintada. Resulta difícil asimilar que tras más de 30 años de la muerte de Franco aquella pintada pudiera incomodar a alguien, hasta tal punto de ordenar eliminarla completamente, algo que sin duda hizo que un equipo de operarios se empleara a fondo para pulir la piedra donde se encontraba la pintada, teniendo que rebajar notablemente el grosor del granito. Al tacto se aprecia que la piedra ha sido pulida a conciencia, aunque todavía se adivina parte del relieve original, teniendo que utilizar para ello maquinaria específica y dedicarle bastante tiempo a la tarea. Un trabajo que sin duda no pasaría desapercibido a un buen número de personas que transitaran por el lugar.

Diferentes vestigios en el granito evidencian que las piedras son las mismas sobre las que se realizó la pintada en 1946. Viendo el relieve que tenían las letras cinceladas nos podemos hacer una idea del concienzudo trabajo que tuvieron que realizar los operarios que pulieron la piedra. (Clic sobre la imagen para verla ampliada).

Ahora la pregunta es: ¿quién ordenó eliminar aquel vestigio histórico?. En principio tenemos dos entidades sobre las que podrían recaer las sospechas. Por un lado tenemos al Ayuntamiento de Madrid, que desde aquella época hasta hoy ha estado gobernado por el Partido Popular. Suponemos que de la eliminación de las pintadas, limpieza de fachadas, etc… se encargará la Concejalía de Medio Ambiente y Limpieza de este Ayuntamiento. Al frente de este organismo encontramos de 2003 a 2007 a Dña. Mª de la Paz González García, quien sería sustituida por Dña. Ana Botella que ocuparía el cargo hasta ser designada alcaldesa de Madrid en diciembre de 2011.

Desde el comienzo de la Guerra Civil, gran parte del estamento universitario fue reacio a aceptar las imposiciones del régimen franquista. El 12 de octubre de 1936, Día de la Raza para las autoridades franquistas, Miguel de Unamuno mantendría un agrio enfrentamiento público con el legionario Millán Astray. (Clic sobre la imagen para verla ampliada).

La otra entidad que podría estar tras la desaparición de la pintada es la “Junta de Obras” de la Universidad Complutense de Madrid, un organismo encargado de realizar diversas tareas relacionadas con las labores de mantenimiento tanto del campus como de las instalaciones de la universidad. Por diversos testimonios sabemos que es este organismo quien se encarga de limpiar las pintadas tan habituales por todo el campus, y quizá alguien dentro de la Junta de Obras fue quien ordenó eliminar aquella pintada tras la publicación de la noticia en El País en diciembre de 2005. En ese periodo era Rector de esta universidad Carlos Berzosa, un cargo que ostentaría entre 2003 y 2011, periodo en el que la pintada desapareció. Berzosa es una persona que por su trayectoria dudamos que ordenara eliminar este testimonio de la lucha antifrasquista, así como que no hubiera actuado en el caso de haber conocido el hecho. No hemos conseguido averiguar quien se encontraba al frente de la Junta de Obras en ese periodo, seguiremos indagando. Nos quedaría una última opción, y es que la orden de eliminar la pintada se diera desde la misma Facultad de Medicina.

De lo que no queda ninguna duda es de que quien eliminó la pintada se empleó a conciencia, la piedra continua siendo la misma por lo que para “borrar” este vestigio tuvieron que utilizar maquinaria específica, una pulidora o similar, y muy posiblemente el trabajo fue realizado por personal especializado en el manejo de estos medios y en el trabajo sobre piedra. La profundidad y tamaño de las marcas que podemos apreciar en la foto publicada por El País, nos lleva a pensar que tuvieron que emplearse a fondo y tardar bastante en finalizar el trabajo, tiempo durante el cual debieron ser observados por numerosas personas, sobre todo teniendo en cuenta que por el ruido producido por la maquinaria utilizada no deberían pasar desapercibidos.

La universidad española, fue uno de los focos más importantes de la lucha por las libertades y contra el franquismo. Un régimen que se empleó con saña en reprimir todo intento de cambio. (Clic sobre la imagen para verla ampliada).

Cuesta creer que después de 30 años de fallecido Francisco Franco, y con una sociedad que ha consolidado una democracia, todavía queden personas no sabemos si movidos por la nostalgia del franquismo o por un resentimiento acumulado durante años, que sean capaces de tomar una iniciativa de este tipo, una especie de venganza contra no entendemos muy bien quien, que sin duda tuvo que producir una gran satisfacción a quien perpetró este atentado contra este vestigio histórico.

Desde Sol y Moscas continuaremos indagando para tratar de descubrir desde donde partió, y quien dio la orden de eliminar aquel testimonio único, grabado en piedra, de la lucha que contra el franquismo y en defensa de las libertades se desarrolló en las universidades españolas, entre las que la Universidad Complutense ocupó un lugar de honor. Una lucha que costó muertes y sufrimiento, y que parece que ahora, tantos años después, sigue incomodando a alguien, que seguramente esté ocupando todavía algún cargo en alguna institución cuya composición se elige mediante cauces democráticos, y no descartamos que se trate de algún cargo público con responsabilidad. Agradeceríamos a nuestros lectores que nos hagan llegar cualquier información que ayude a desvelar esta incógnita, así como cualquier documento (fotos, testimonios, artículos, libros,...) relacionado con ello. También les agradeceríamos que reenvíen el enlace de esta crónica a cualquier persona que piensen pueda estar interesado o pueda aportar algún dato. Quizá entre todos podamos saber finalmente quien se encargó de realizar este trabajo, ¿el Ayuntamiento?, ¿la Junta de Obras?, y conocer quien fue la persona que ordenó eliminar aquella pintada histórica, que por paradojas de la historia consiguió sobrevivir al franquismo pero no consiguió sobrevivir a la democracia.

Florentino Areneros.

sábado, 13 de abril de 2013

LA GUERRA EN EL CLÍNICO

En noviembre de 1936 el Hospital Clínico se convertiría en campo de batalla. Los intentos por ocupar el edificio serían una constante hasta el fin de la guerra en 1939, lo que causaría la destrucción de gran parte del edificio como podemos ver en esta imagen de 1937. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

LA GUERRA EN EL CLÍNICO
(De los combates de 1936 a la lucha de hoy)

Hace unas semanas, tras una grave cogida, estuve ingresado en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid. Seguramente la mayoría de los pacientes que compartían hospitalización conmigo, así como los profesionales sanitarios que trabajan en ese centro desconocían que este mismo lugar, hace ahora poco más de setenta y cinco años, fue escenario destacado de uno de los episodios más épicos, y posiblemente más desconocido en todos sus detalles, así como más determinante, de toda la Guerra Civil Española: la Batalla de Madrid. Estas mismas dependencias, pasillos y habitaciones que hoy podemos visitar, en noviembre de 1936 fueron testigos de terribles enfrentamientos, en los que se luchaba cuerpo a cuerpo, planta a planta, habitación a habitación, donde la bayoneta y la bomba de mano eran las armas más utilizadas. Esta dramática lucha, donde se produjeron innumerables acciones heroicas, se cobraría un alto precio de sangre en ambos bandos, quedando a su vez el magnífico edificio prácticamente destruido. Finalizada la guerra el edificio sería reconstruido recuperando la función para la que fue creado, y los ecos de aquella tremenda batalla se irían apagando con el tiempo. Setenta y cinco años más tarde nuevamente el hospital Clínico es escenario de otra batalla, no menos trascendente que aquella, que enfrenta a los que defienden la Sanidad Pública, representados por la práctica totalidad del personal que trabaja en el hospital, con los que pretenden recortar este imprescindible servicio público. Una lucha desigual entre los profesionales y los usuarios de la sanidad, frente a los grupos que defienden oscuros y lucrativos intereses económicos, apoyados de manera incomprensible por determinados grupos políticos que dicen buscar el interés general.

En la actualidad, en los pasillos y dependencias del Clínico, al igual que en la mayoría de hospitales de España, se vive otra intensa lucha entre los defensores de la sanidad pública, con los trabajadores sanitarios al frente, y los que quieren privatizarla. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

UN POCO DE HISTORIA

El hospital Clínico es una antigua institución madrileña. Tenemos que buscar su origen en el reinado de Felipe II, quien el ocho de septiembre de 1596 tras una solemne procesión, pondría la primera piedra de lo que habría de ser conocido como el “Albergue de Mendigos” que se construiría al final de la calle de Atocha y que con el tiempo se convertiría en el Hospital General de Madrid. El hospital continuaría creciendo y en 1905 se convertiría en el Hospital Clínico de la Facultad de Medicina (en la actualidad en el antiguo edificio se ubica el Museo de Arte Reina Sofía). Posteriormente se acordaría su traslado a un edificio de moderna construcción junto a la nueva Facultad de Medicina de la Universidad Complutense que habría de construirse dentro de proyecto de la Ciudad Universitaria que se estaba construyendo en terrenos de la Moncloa. En el verano de 1936 todo estaba prácticamente terminado y preparado para la inauguración que se debería realizar en octubre de ese año, coincidiendo con el centenario del traslado de la Universidad Complutense desde Alcalá de Henares a Madrid. El golpe de estado de julio de 1936, que desencadenaría la Guerra Civil, daría al traste con todos estos planes.

En los primeros días del mes de noviembre de 1936 las fuerzas del Ejército de África a las órdenes del general Franco se encuentran a las puertas de Madrid. Desde que cruzaron el Estrecho de Gibraltar en julio, su fulminante avance no ha podido ser contrarrestado por las unidades de que dispone el gobierno de la República. El Ejército de África está compuesto por tropas profesionales, mayoritariamente unidades indígenas marroquíes y de la Legión, bien adiestradas y pertrechadas. Por su parte las unidades republicanas están compuestas en su mayoría por milicianos, con escasa o nula formación militar, encuadrados en unidades desorganizadas y en muchas ocasiones deficientemente armadas. Ante este dramático panorama la caída de Madrid parece inminente, el gobierno presidido por el socialista Largo Caballero abandona la ciudad rumbo a Valencia, arrastrando consigo a muchos otros que deciden abandonar la ciudad. Madrid queda en manos de una Junta de Defensa dirigida por el general Miaja. La suerte de la ciudad está echada, todo parece indicar que solamente un milagro puede salvarla.

El Clínico sería el vértice de la cuña que las tropas franquistas consiguieron ocupar en la Ciudad Universitaria. En la imagen vemos lo que quedó de hospital una vez terminada la guerra, las trincheras que lo rodean son republicanas. También distinguimos algunos cráteres provocados por las explosiones subterráneas de minas. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

Las tropas atacantes llegan a los suburbios del sur de la capital en los primeros días de noviembre y contra todo pronóstico su hasta entonces imparable avance comienza a encontrar resistencia. Se combate calle por calle, casa por casa. Los milicianos ya no retroceden, no están dispuestos a entregar su ciudad sin luchar, el milagro parece haber llegado. Pese a todo ello la potente maquinaria bélica que es el Ejército de África, con un gran esfuerzo y tras sufrir notables pérdidas, consigue asomarse hasta ese foso natural que es el río Manzanares. En la tarde del día 15 de noviembre tropas regulares marroquíes del II Tabor de Alhucemas abren varios huecos en la tapia de la Casa de Campo (donde ahora se sitúa el Club de Campo) y consiguen vadear el río aguas arriba del Puente de los Franceses. Tras ellos, cruzarán el Manzanares por el mismo punto, efectivos del III Tabor de Alhucemas. Los atacantes conseguirán llegar hasta el Estadio y la Escuela de Arquitectura donde se hacen fuertes. Al día siguiente y posteriores proseguirían los sangrientos combates, consiguiendo los atacantes ocupar diferentes edificios e instalaciones dentro de la Ciudad Universitaria: Residencia de Estudiantes, Fundación del Amo, Casa de Velázquez, Escuela de Agrónomos, Asilo de Santa Cristina… Un esfuerzo que culminaría el día 17 con la llegada de las vanguardias atacantes al Hospital Clínico. Sería en este punto donde quedaría detenido el avance de las fuerzas franquistas. El intento de ocupar Madrid había fracasado, se había producido el milagro.

Las tropas de Franco habían conseguido ocupar una superficie con forma de cuña en el interior de la Ciudad Universitaria, con una base de menos de un kilómetro en las orillas del Manzanares y cuyo vértice era el Hospital Clínico. Una estrecha cuña expuesta continuamente al fuego de las fuerzas republicanas que la rodeaban por sus flancos, sin olvidar que la comunicación de esta zona con su retaguardia se tiene que realizar de noche por unas estrechas y rudimentarias pasarelas tendidas sobre el Manzanares, batidas continuamente desde la zona republicana. La lógica militar aconsejaba abandonar esta área y replegarse a una posición más fácil de defender, sin embargo en este caso primó el factor psicológico que suponía el hecho de tener un pie en la ciudad de Madrid. Algo que fue aprovechado también por la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini para reconocer al gobierno del general Franco, aunque de facto ambas naciones le hubieran estando apoyando con hombres y material desde el mismo momento del golpe en Julio. Por otra parte, todos los numerosos intentos republicanos para expulsar a estas fuerzas del terreno ocupado resultarían infructuosos, permaneciendo en estas posiciones, en muy duras condiciones, hasta finalizar la guerra.

En primer término vemos a soldados republicanos junto a sus “chabolos” excavados en un terraplen, tras ellos la silueta del Clínico. Esta fotografía nos da una idea de la proximidad que había entre los dos ejércitos combatientes. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

LOS COMBATES EN EL CLÍNICO

Tras esta breve introducción histórica vamos ahora a centrarnos en lo que fueron los combates en el interior del Hospital Clínico. El día 17 de noviembre de 1936 la columna del teniente coronel Asensio, formada por la VI bandera de la Legión y los tabores I y II de Tetuan, ocupan el Asilo de Santa Cristina (en su lugar hoy se encuentra el Museo de América) y desde allí saltan al Hospital Clínico, donde consiguen desalojar parcialmente a las fuerzas republicanas que lo defendían. En ese día y los dos siguientes en la inmensa mole del edificio se van a registrar intensos combates. Se lucha planta a planta, habitación a habitación, cada palmo de terreno se gana pagando un alto precio. Los soldados avanzan tirando tabiques para rodear al enemigo, las emboscadas eran continuas, se luchaba cuerpo a cuerpo, a la bayoneta, con bombas de mano.

La bibliografía sobre la Batalla de Madrid es muy extensa, en esta ocasión hemos seleccionado algunos textos referidos a los combates en el Clínico para que ustedes se hagan una idea a través de varios autores de cómo se vivieron aquellos días. Comenzamos con un texto del libro “La Batalla de Madrid” de Jorge Martínez Reverte (un libro muy adecuado para los que se quieran iniciar en lo que fue aquella batalla) referidos a los combates que tuvieron lugar el 18 de noviembre: «El Hospital Clínico es uno de los lugares más disputados en el salvaje combate que tiene lugar por el control de la Ciudad Universitaria. Dentro del edificio, se pelean por las habitaciones los legionarios de la 4 Bandera y los internacionales del Batallón Edgar André, de la XI Brigada.

Los hombres caen a racimos. Por la noche, los heridos salen del hospital por docenas. Los republicanos entierran a sus muertos a retaguardia. Los franquistas han de dar sepultura a los suyos en el terreno que circunda el edificio en ruinas; bastante es tener que transportar heridos por las pasarelas del Manzanares y hacerles llegar al hospital desangre de Griñon. Muchos se quedan por el camino, desangrados.

En el Clínico se improvisan nuevas formas de combate. Los soldados enemigos se escuchan unos a otros a través de los gruesos tabiques que separan las estancias. Con dos picos se abre un agujero en la pared; en cuanto hay hueco se mete por é el cañón del fusil ametrallador y se rocía de balas el espacio.

-Así nos hirieron a todos los que estamos aquí –le dice al periodista Jesús Izcaray un combatiente alemán de los que manda Hans Khale y que no quiere dar su nombre porque su familia sigue en Alemania-. Había un legionario que de dos golpes de picachón abría el agujero. Esperemos que se lo hayan cargado»
.

La intensidad de los combates produciría muchas bajas en ambos bandos, en la imagen vemos un cadáver junto a los quirófanos. Según el pie de foto original tomada desde el lado republicano se trata de un “dinamitero enemigo que trató de acercarse y cayó cerca del Clínico- 14-marzo-1937”. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

Un testigo de excepción sería Carlos Iniesta Cano, en aquel entonces capitán de la IV Bandera de la Legión. Tomamos el siguiente texto del libro “La Guerra Civil en la Ciudad Universitaria” de Fernando Calvo González-Regueral, un excelente trabajo de documentación cuya lectura recomendamos a todos nuestros lectores: «El enemigo aún se encontraba dentro, ocupando galerías y las naves de los pisos más altos. Desde el día 19 al 30 de noviembre, la lucha fue constante y de emoción tremenda, pues cuando menos se pensaba, por cualquier parte aparecía un grupo enemigo con el que era preciso combatir. Luchábamos de pasillo en pasillo, de habitación en habitación, en escaleras, quirófanos, etc. [En unos pasillos se encuentra con un grupo contrario...] y la confusión es tremenda pues nosotros íbamos desastrados, con las barbas crecidas y pasamontañas, debieron confundirnos con algunos de ellos , pues se acercaron a nosotros tranquilamente [...fueron hechos prisioneros...] Conforme se ganaban habitaciones o trozos de pasillo, se establecían parapetos de sacos terreros para ir marcando el frente. Fueron los episodios más curiosos que recuerdo haber visto en la guerra». Finalizada la guerra Iniesta Cano llegaría a teniente General ocupando entre otros cargos el de Director General de la Guardia Civil, sería considerado como un miembro destacado de lo que se conoció como el “bunker” del franquismo.

Otro testigo de aquellos enfrentamientos fue el sacerdote Juan Urra Lusarreta, capellán de requetes, quien recogería en su libro “en las trincheras del frente de Madrid” el siguiente episodio: «En la planta baja encontramos a unos cuantos legionarios, pocos, que, con el oído y la mirada atentos, y los dedos en el gatillo del fusil, oteaban el fondo de los huecos del edificio para impedir que los rojos cruzaran por allí. Protegían así, además, a sus camaradas de los pisos de arriba. De pronto resonó en los pisos altos el estampido de las bombas de mano y vimos, por entre los huecos, caer y estrellarse contra el suelo, uno tras otro, a dos o tres combatientes enemigos que, en la locura del combate, debieron de arrojarse desde las últimas ventanas».

Estos testimonios nos dan fe de lo que fue la lucha durante los días de la Batalla de Madrid, pero una vez finalizada esta, la lucha continuaría en el edificio. Los infructuosos intentos de recuperarlo y desalojar de su interior a las unidades franquistas por parte de las fuerzas republicanas continuarían durante toda la guerra, el edificio sería el objetivo de un intenso y continuo fuego de la artillería y también sufriría el efecto todavía más demoledor de otra devastadora técnica de guerra: la guerra de minas.

Espectacular instantánea de la explosión de una mina que destruiría completamente el edificio conocido como la “Casa Blanca” en el Alto de Extremadura en julio de 1937. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

El frente quedaría enquistado a finales de noviembre, ni unos conseguían continuar su avance hacia Madrid, ni los otros eran capaces de hacer abandonar al enemigo las posiciones ocupadas. En esta situación se recurriría a una antigua modalidad de guerra para atacar posiciones fortificadas conocida como la guerra de minas, consistente en acceder mediante un túnel o mina hasta la posición enemiga, aunque en este caso la mina se utilizaría para situar una gran carga explosiva y hacerla explotar bajo el objetivo elegido. Repasemos parte del texto del indispensable artículo “La Guerra de Minas” escrito por el historiador Antonio Morcillo, publicado en el número 19 de la prestigiosa revista Frente de Madrid:: «En principio, los republicanos tenían todo a su favor: documentación sobre la red de alcantarillado, que disponía de colectores transitables, elementos de trabajo adecuados, energía eléctrica, personal cualificado disponible y todos los medios que ofrecía una ciudad respaldando con sus recursos los trabajos necesarios. El día 11 de diciembre de 1936 se produjo la primera voladura en el Hospital Clínico, que de haber estado bien planificada, podría haber conseguido la destrucción y posterior toma del edificio, ya que contó con el efecto sorpresa, circunstancia que ya no volvería a producirse ulteriormente.


Una imagen de las ruinas del interior del Clínico tras la voladura de una mina, en primer término vemos una placa con los nombres de los legionarios que murieron a consecuencia de la explosión. Fotografía publicada por cortesía de Frente de Madrid. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).



La voladura provocó el derrumbamiento de parte del ala sur del edificio y dejó sepultados a 39 legionarios de la IV Bandera del Tercio, aunque no logró ninguna ganancia de posiciones y si prevenir a los nacionales contra este tipo de ataques»
. En las fotografías aéreas tomadas tras la guerra, se distinguen numerosos cráteres producidos por la explosión de estas minas, y en la actualidad todavía podemos contemplar uno de aquellos gigantescos embudos. Este auténtico vestigio arqueológico que esperamos se conserve durante muchos años, se encuentra entre el hospital y la facultad de Odontología, en la pendiente que separa ambas edificaciones. El colosal tamaño de este cráter (así a bote pronto yo le calculo un diámetro de más de 20 metros) nos permite hacernos una idea de la violencia y destrucción que provocaban estos ingenios bélicos.

En la actualidad se conserva perfectamente un cráter de gran tamaño en las cercanías del Clínico, concretamente entre el hospital y la facultad de Odontología. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

Aparte de todo esto, en las proximidades del hospital tendrían lugar dos acontecimientos de un indiscutible valor histórico. El 19 de noviembre de 1936, en una calle cercana al Clínico sería herido mortalmente el líder anarquista Buenaventura Durruti, sobre este episodio podemos encontrar diferentes versiones de lo más dispar, desde la muerte a causa de un disparo enemigo, pasando por el asesinato a manos de sus propios hombres o por la muerte accidental. De todo lo escrito yo me quedo con el documentado trabajo de Raúl César Cancio que fue publicado como artículo central en el número 15 de la revista Frente de Madrid , un documentado trabajo donde Cancio aborda las diferentes hipótesis llegando tras un elaborado y meticuloso análisis a unas conclusiones, que yo me atrevería a calificar de definitivas para este enigma. No les voy a desvelar las conclusiones de este trabajo que merece una detenida lectura, pero no me puedo resistir a tomar prestados un par de párrafos de ese artículo: «Casi al alba del jueves 19 de noviembre Buenaventura Durruti y Cipriano Mera departen en el interior del cuartel de la Guardia Nacional de la calle Guzmán el Bueno con otros jefes anarquistas, preparando el asalto al Clínico con el que Durruti quiere resarcirse y demostrar ante Miaja la capacidad de sus milicias. Mera, albañil de profesión, aprovecha la ocasión para instruir al líder anarquista sobre la estructura del Hospital, habida cuenta de que él mismo trabajó en su construcción antes de la guerra.


Fotografía de Buenaventura Durruti junto al sargento Manzana. Esta imagen, sacada de un reportaje soviético tiene un valor excepcional, ya que fue grabado escasos momentos antes de que Durruti cayera herido mortalmente junto al Clínico. (Para ver el documental haga clic aquí).(Haga clic en la imagen para verla ampliada).

Según el plan previsto los anarquistas consiguen penetrar en el destartalado edificio, combatiendo piso por piso y practicando voladuras de zonas y dependencias donde creen que se refugian los legionarios y regulares, mientras que los brigadistas lanzan bombas por los huecos de los ascensores dependiendo de la planta donde está el enemigo; los escombros generados por estas detonaciones generan nuevas fortificaciones que son aprovechadas por los rebeldes para atrincherarse y mantener la lucha que, en ocasiones, resulta de una violencia insoportable»
. A mediodía las noticias que llegan del Clínico no son buenas, y Durruti decide desplazarse en persona hasta allí. La comitiva de coches atraviesa la Colonia Metropolitana y se detiene en la calle de la Viña, al descender del auto, Durruti es alcanzado por un disparo en el costado. Se le traslada urgentemente al hotel Ritz, convertido en hospital de sangre, donde fallecerá en la madrugada del 20 de noviembre. Si ustedes están interesados en conocer todas las circunstancias que rodearon a este episodio, les recomiendo sin dudarlo el magistral artículo de Raúl César Cancio publicado en la revista Frente de Madrid.

Otro momento histórico tuvo lugar el martes 28 de Marzo de 1939, alrededor de la una de la tarde, el coronel Adolfo Prada Vaquero, en representación del Ejército Republicano, tras casi tres años de lucha, entregaba la ciudad de Madrid al Coronel Losas, jefe de la 16 División Nacional, a la que pertenecían las tropas situadas en la Universitaria y el Clínico. Este acto, cargado de simbolismo, es la imagen gráfica que representa el final de la guerra aunque se produjera unos días antes de que la contienda terminara oficialmente.

En las cercanías del Clínico se realizaría la entrega de Madrid por parte del coronel republicano Prada (con abrigo de cuero y gafas) al coronel Losas (con chilaba moruna), jefe de las fuerzas franquistas ubicadas en la Universitaria. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).

Nuevamente me veo obligado a remitirles a la revista Frente de Madrid (una publicación imprescindible para todos aquellos que estén interesados en lo que fue la Guerra Civil en la Comunidad de Madrid) para recomendarles otro excepcional artículo, en este caso firmado por José María Sánchez. Un impecable trabajo de investigación que ha conseguido localizar a partir de diferente material gráfico, planos y filmaciones, el lugar exacto donde tuvo lugar el encuentro entre Losas y Prada que simbolizaría el final de la guerra. Este artículo lo pueden encontrar en el número 22 de esta prestigiosa revista. Un número monográfico dedicado a “La Ciudad Universitaria en Guerra 1936-1939”.

Confiamos en que esta crónica haya servido para dar a conocer un poco la historia de este singular espacio de Madrid. Tras leer este artículo, si algún día por cualquier circunstancia tienen que visitar este hospital, estamos seguros de que lo contemplaran con otra mirada.

LA LUCHA EN EL CLÍNICO HOY

Cuando en la actualidad entramos al Hospital Clínico inmediatamente nos percatamos de que al igual que hace setenta y cinco años hoy se lucha también en el Clínico, sin armas ni violencia, pero no con menos convicción y pasión que entonces. Los profesionales de la sanidad del Clínico (al igual que todo el personal sanitario de Madrid y del resto de España) se enfrentan, en desiguales condiciones, a los que quieren desmantelar la sanidad pública, la joya de la corona del estado del bienestar español, que ahora vemos peligrar al igual que otros tantos servicios públicos consolidados con gran esfuerzo durante las últimas décadas.

A muchos ciudadanos nos cuesta entender que se pretenda privatizar un servicio público que funciona de manera óptima, y que además de más eficiente, es menos costoso en porcentaje ( la OMS sitúa a España como el 7º mejor sistema sanitario del mundo, el 3º entre los países más poblados. Con solo un 9.5% del PIB) que el de otros países de nuestro entorno. Se nos quiere vender que privatizando servicios se mantendrá la calidad a un menor coste, algo no solo difícil de creer, si no que hay múltiples ejemplos de todo lo contrario: peor servicio y con un mayor coste. Entonces, ¿cuáles son las verdaderas razones de este vehemente interés de algunos de nuestros políticos por privatizar la sanidad?.


Nadie tiene claro quienes son los agraciados en esta pedrea privatizadora, sabemos que en muchos casos son conglomerados empresariales donde no faltan los especuladores del capital-riesgo y otras entidades de inversión, sin ninguna relación con el mundo sanitario, cuyo único objetivo es el lucro, el beneficio. Tampoco nadie tiene claro cuales son las verdaderas razones que impulsan a nuestros políticos para llevar a cabo este desmantelamiento. Nos hablan de que mejorará la gestión, si es así tal vez deberíamos comenzar cambiando los actuales gestores, designados por ellos mismos, o exigir responsabilidades a los anteriores gestores, también designados por estos mismos políticos. Se nos habla también de abaratar costes, algo muy difícil de asimilar, en Reino Unido tras privatizar la sanidad es ahora más cara que antes, pero con un 10% menos de intervenciones programadas. En España tenemos el ejemplo del buque insignia del modelo privatizador: el hospital de Alzira, que a los dos años de ser privatizado tenía un déficit de 5 millones de euros, la Generalitat Valenciana anuló la concesión pagando una indemnización de 25 millones (de euros) a la empresa. Para posteriormente volverla a sacar a concurso y adjudicarla nuevamente a la misma empresa, pero pagando ahora 369 euros por habitante, frente a los 225 que pagaba antes, es decir el gasto se encareció en cerca de un 70%, un negocio redondo. Los datos y ejemplos son abrumadores y no pretendo aburrirles, pero les recomiendo dar un repaso a las hemerotecas para que vean la dimensión del engaño del que estamos hablando.

Todo esto nos lleva a cuestionarnos sobre la capacidad o bien sobre las verdaderas intenciones de nuestros políticos. En la cima de la pirámide tenemos a la ministra Ana Mato, una señora que manifiesta no haberse enterado de que en su garaje se aparcaban coches de lujo (propiedad de su entonces marido ahora imputado en la trama Gurtel), así como tampoco se enteraba de quien pagaba la faraónicas fiestas de cumpleaños de sus hijos, entre otres ausencias; la pregunta es: con estas manifiestas carencias, ¿está esta persona en condiciones de enterarse de lo que ocurre en la sanidad española?. Luego tenemos los ejemplos no menos clamorosos de dos consejeros de sanidad de la Comunidad de Madrid. Por un lado tenemos al señor Güemes, esposo de la famosa Andreita Fabra (hija del aeroportuario Carlos Fabra), creadora del mítico “QUE SE JODAN” que con el tiempo se ha convertido en toda una declaración de intenciones para muchos políticos. Güemes fue consejero de sanidad entre 2007 y 2010, periodo durante el cual se privatizaron gran parte de los análisis clínicos de la Comunidad de Madrid, años más tarde nos encontraríamos a este caballero en el consejo de administración de la empresa agraciada con ese contrato, sorpresas te da la vida, que diría Pedro Navajas. Anteriormente a Güemes ocupó la consejería Manuel Lamela, quien privatizó en 2005 los servicios no sanitarios del hospital de Aranjuez por 270 millones de euros, y en la actualidad nos lo encontramos en el consejo de administración de la empresa adjudicataria de aquel contrato. Como les digo, tanta puerta giratoria nos hace dudar de la capacidad y verdaderas intenciones de nuestros dirigentes políticos con el tema de la privatización.

El Presidente del Gobierno Mariano Rajoy, junto al Presidente de la Comunidad de Madrid Ignacio González, dos de los responsables de la política de privatización de la sanidad pública española. (Haga clic en la imagen para verla ampliada).


Quiero terminar esta crónica manifestando mi total apoyo a estos profesionales, que no olvidemos que no están luchando por defender reivindicaciones gremiales o personales, sino que están luchando por defender la sanidad pública, la de todos nosotros. Pero sobre todo quiero agradecer sinceramente el excelente trato, tanto profesional como personal, que he recibo de todas y cada una de las personas que me han atendido en las dos semanas que estuve ingresado en el Clínico (alguna de ellas sé que ha sido despedida y ya no trabaja allí). Es asombroso comprobar como pese a la enorme presión a las que están sometidas estos trabajadores, ello no repercute en su actividad profesional, la cual desarrollan de manera excelente. Estoy convencido de que no vale cualquiera para trabajar en la sanidad, aparte de formación, hace falta una gran vocación y muchas ganas de servir y ayudar a los demás, algo que no ocurre en la política, donde cualquier tuercebotas partiendo de la nada puede alcanzar las más altas cotas del poder, tenemos innumerables ejemplos de ello, no solo en la actualidad, sino a lo largo de toda nuestra historia. Si muchos de nuestros políticos tuvieran la actitud, dignidad, profesionalidad y las ganas de prestar servicio a los demás (en vez de servirse ellos mismos) que tienen los profesionales de la sanidad, no cabe ninguna duda de que viviríamos en un país mucho mejor, un país tan bueno como la sanidad que ahora quieren privatizar.

Florentino Areneros.


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